La inteligencia artificial está reavivando los temores en torno al bioterrorismo. ¿Cuál es el riesgo real?

La proliferación mundial de los modelos de lenguaje a gran escala está agravando numerosas preocupaciones en materia de seguridad. Entre ellas se encuentra la forma en que la inteligencia artificial (IA) podría permitir a los extremistas cometer actos de bioterrorismo para promover sus causas ideológicas. Los chatbots ya han demostrado ser capaces de asesorar a los usuarios sobre cómo planear ataques utilizando nuevas formas letales de bacterias, virus y toxinas. Mientras tanto, la competencia entre las grandes potencias está desviando la atención de las amenazas que plantean los grupos terroristas y los actores no estatales malintencionados.
A principios de 2023, Rocco Casagrande, científico y exinspector de armas de la ONU, llevó un pequeño recipiente a la Casa Blanca para una sesión informativa con funcionarios del Gobierno de EE. UU. Estaba lleno de una docena de ingredientes químicos de fácil acceso que Claude, el chatbot estrella de Anthropic, recomendó como precursores para desencadenar otra pandemia. La demostración de Casagrande confirmó que, en teoría, cualquier persona con conexión a internet puede ahora crear su propia arma de destrucción masiva.
«Está claro que la tecnología biológica, impulsada ahora por la inteligencia artificial, ha simplificado más que nunca la producción de enfermedades», escriben el académico Roger Brent, el investigador sénior de RAND Corporation, T. Greg McKelvey Jr., y el presidente de RAND, Jason Matheny. «Es cierto que algunas personas y grupos se enfrentan a obstáculos —por ejemplo, la imposibilidad de acceder a los laboratorios o instalaciones adecuados—. Pero gracias a los incesantes avances tecnológicos, esos obstáculos se están desmoronando».
Esto no es ninguna novedad para Silicon Valley. El Marco para la IA Segura de Google identifica los ataques biológicos con IA como un motivo de preocupación. Por el contrario, un equipo formado por OpenAI analizó la cuestión el año pasado y descubrió que GPT-4 solo ofrecía a los usuarios una ventaja marginal respecto a las búsquedas habituales en internet a la hora de fabricar armas biológicas.
A pesar de esa conclusión, el riesgo de bioterrorismo no es estático. El International AI Safety Report 2025, elaborado para la Cumbre de Acción sobre la IA de París de 2025, muestra que los modelos de lenguaje a gran escala están mejorando considerablemente en tareas relacionadas con armas biológicas y químicas, y responden con precisión a consultas sobre la adquisición y formulación de agentes letales. Las evaluaciones de los autores del informe sugieren que las instrucciones que ciertos modelos ofrecen para liberar sustancias letales mostraron una mejora del 80 % tan solo en 2024.
Los actores no estatales —incluidos lobos solitarios, terroristas y grupos apocalípticos— tienen un inquietante historial de intentos de ataques biológicos, aunque con un éxito limitado.
Llenar los vacíos dejados por la Casa Blanca
Se cree que China, Irán, Corea del Norte y Rusia poseen cierta capacidad para fabricar armas biológicas. Sin embargo, «la dificultad de manejo y la imprecisión de las armas biológicas hacen que siga siendo poco probable que los Estados lancen ataques biológicos a gran escala a corto plazo», señala un informe publicado en agosto de 2024 por el Center for a New American Security (CNAS). Por el contrario, «los actores no estatales —incluidos lobos solitarios, terroristas y grupos apocalípticos— tienen un inquietante historial de intentos de ataques biológicos, aunque con un éxito limitado debido a la complejidad intrínseca de desarrollar y manejar capacidades tan delicadas». Pero esta falsa sensación de seguridad está cambiando, advierten los investigadores del CNAS. Sobre todo, gracias a los avances en la ciencia genética, la biología sintética y la aparición de los laboratorios en la nube: instalaciones discretas y automatizadas contratadas para llevar a cabo experimentos a distancia en nombre de un cliente.
Al mismo tiempo, la Casa Blanca de Trump ha desmantelado el Instituto de Seguridad de la IA de Estados Unidos. Creado en las postrimerías de la administración Biden, el instituto tenía como misión identificar, evaluar y mitigar los riesgos de los sistemas avanzados de IA. La Red Internacional de Institutos de Seguridad de la IA continúa con una labor similar, aunque ahora tendrá mucha menos influencia sobre las empresas tecnológicas estadounidenses.
La Oficina Federal de Investigación y la Agencia Central de Inteligencia también han sufrido enormes pérdidas de personal experto debido a la intimidación generalizada y al despido de empleados gubernamentales por parte del denominado Departamento de Eficiencia Gubernamental. Ambas agencias son fuentes cruciales de inteligencia antiterrorista a nivel mundial.
Y lo que es más importante, se está extendiendo un efecto disuasorio entre los aliados de Estados Unidos a la hora de compartir información clasificada con Washington. Los funcionarios de estos países —según se informa, las naciones de la red «Five Eyes» (Australia, Canadá, Nueva Zelanda y el Reino Unido), así como Israel y Arabia Saudita— sospechan que la Casa Blanca podría transmitir información de inteligencia a Moscú en un esfuerzo por mejorar las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Sin embargo, en un entorno geopolítico hostil, también ocurre lo contrario. En marzo de 2024, el Estado Islámico masacró a los asistentes a una sala de conciertos en las afueras de Moscú, matando a 139 personas e hiriendo a cientos más. Distraído por su guerra en Ucrania y desestimando a las agencias de inteligencia extranjeras que advertían de un complot terrorista dirigido contra Rusia, el Kremlin fue sorprendido con la guardia baja.
El riesgo de los bioterroristas descontrolados
Los grupos terroristas transnacionales y los actores no estatales violentos están resurgiendo en los vacíos de poder creados por la retirada de Estados Unidos del multilateralismo. Están aprovechando hábilmente tecnología sofisticada, como las criptomonedas, los ciberataques y el ransomware. Las aplicaciones de mensajería cifrada como WhatsApp y Telegram se están utilizando para reclutar nuevos miembros, comprar y vender armas, recaudar fondos y organizarse lejos del ojo público. Esta tendencia va más allá de los rebeldes islamistas y los supremacistas raciales, e incluye a grupos apocalípticos como los ya desaparecidos zizianos: un colectivo del Área de la Bahía de San Francisco descrito como «el primer culto a la muerte del mundo influenciado por la IA», que buscaba el reemplazo de la humanidad por una superinteligencia informática.
«La verdadera amenaza existencial que se avecina no proviene de China», escribieron dos tecnólogos en enero de 2025 para la MIT Technology Review, lamentando la idea de que las democracias liberales estén enfrascadas en una batalla con Pekín por la supremacía de la IA. Más bien, afirman, proviene «del uso de la IA avanzada como arma por parte de actores malintencionados y grupos descontrolados que buscan causar daños generalizados, enriquecerse o desestabilizar la sociedad».
La fragilidad de los propios sistemas de IA plantea retos adicionales. Todos los principales chatbots de IA han demostrado ser vulnerables a los jailbreaks, es decir, métodos creativos con los que los usuarios hackean los protocolos de seguridad de los sistemas. Este peligro se ve amplificado exponencialmente por el auge de los agentes de IA que ahora pueden ejecutar tareas de forma autónoma a través de internet. Y aunque los modelos de código abierto y de menor costo podrían propiciar una mayor igualdad de condiciones a la hora de adoptar la IA para la productividad y la innovación, tienen sus propios defectos evidentes y también deben ser regulados en consecuencia.
Sin embargo, la legislación de las entidades con autoridad jurisdiccional sobre Silicon Valley está sujeta a feroces campañas de presión. El innovador proyecto de ley SB 1047 de California, por ejemplo, fue vetado el año pasado por el gobernador Gavin Newsom tras una campaña intensiva de relaciones públicas por parte de la industria tecnológica. Resulta preocupante que los legisladores republicanos también hayan introducido ahora una cláusula encubierta en su proyecto de ley fiscal, actualmente en trámite en el Congreso, que prohibiría a los estados y gobiernos locales regular la IA durante la próxima década.
En un oscuro giro irónico, si llega a ocurrir un ataque bioterrorista potenciado por la tecnología, la IA también será vital para acelerar una cura. Esperemos que nunca se llegue a ese punto: la COVID-19 ya demostró cómo un nuevo virus puede causar estragos en un mundo hiperconectado. Lo más probable es que la próxima pandemia sea mucho peor.